Penélope

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Teje y desteje,
impaciente Penélope,
la trama de los días.
El amor, aunque vuelva,
no vuelve nunca.

JAVIER ALMUZARA

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Eurídice

Orfeo y Eurídice, de Rodin

El ha venido a buscarte y está aquí,
canción que te llama y quiere que vuelvas,
canción de dicha y de pesar
a partes iguales, promesa
hecha canción, promesa
de que todo será, allá arriba, distinto
a la última vez…
Hubieras preferido seguir sintiendo nada,
vacío y silencio; la estancada paz
del mar más hondo,
al ruido y la carne de la superficie,
acostumbrada a estos pasillos pálidos y en sombras,
y al rey que pasa por tu lado
sin pronunciar palabra.
El otro es diferente
y casi lo recuerdas.
Dice que canta para ti
porque te ama,
no como eres ahora,
tan fría y diminuta: móvil
y a la vez quieta, como blanca cortina
o soplo en la corriente
de una ventana a medio abrir
junto a una silla donde nadie se sienta.
Te quiere “real”,
un cuerpo opaco,
sentir cómo se espesa
(tronco de árbol o ancas)
y el golpe de la sangre tras los párpados
al cerrarlos
la llamarada solar…
sin tu presencia no podrá sentir
este amor suyo…
Mas la súbita revelación
de tu cuerpo enfriándose en la tierra
fue saber que le amas en cualquier lugar
hasta en este sitio sin memoria,
este reino del hambre.
Como una semilla roja en la mano
que olvidaste que aprietas,
llevas tu amor…
El necesita ver para creer
y está oscuro.
Atrás, atrás…, le susurras,
pero quiere que vuelvas
a alimentarlo, Eurídice,
puñado de tul, pequeña venda,
soplo de aire frío,
no se llamará Orfeo
tu libertad…

MARGARET ATWOOD

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Tántalo

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El río sediento
Huyendo del agua.

EMILIO ADOLFO WESTPHALEN

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Ifigenia en Áulide

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El viento, siempre el viento detenido
más lejos que las naves presurosas;
todo el clamor se rinde perseguido
por implacables voces tenebrosas.

La sangre como un mar, como un gemido
comienza a incorporarse rumorosa;
la playa se traspasa a cielo conmovido
que albergara a una tropa silenciosa.

Y el cuerpo de Ifigenia entra la blanca
señal de aquella muerte que es más breve,
ya comienza a ascender, ya se levanta

sobre el prado sonoro de su nieve:
el viento, el viento eterno libertado canta
desatando en la corza el paso leve.

GASTÓN BAQUERO

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Decir no

captura

Decir no
decir no
atarme al mástil
pero
deseando que el viento lo voltee
que la sirena suba y con los dientes
corte las cuerdas y me arrastre al fon-
do
diciendo no no no
pero siguiéndola.

IDEA VILARIÑO

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Egisto

Aquel que no merece luz ni casa,
que antes de haber nacido ya ha pecado.
Aquel que miente y sobrevive en vela,
que ama a la esposa del mejor guerrero.
El triste. Aquel que no es feliz ni hermoso.
Aquel que usurpa, Egisto, aquel, la sombra.

JULIO MARTÍNEZ MESANZA

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Momento en Troya

Pequeñas chiquillas
flacas y sin fe
en que las pecas desaparezcan de sus mejillas,

que no atraen la atención de nadie,
caminando sobre los párpados del mundo,

parecidas a papá o a mamá,
y sinceramente espantadas por ello,

a la hora de la comida,
a la hora de la lectura,
cuando están frente al espejo,
en ocasiones son raptadas y llevadas a Troya.

En los grandes guardarropas de un-abrir-y-cerrar-de-ojos
se transforman en hermosas Helenas.

Suben por escaleras reales
entre susurros de admiración y de largas colas.

Se sienten ligeras. Saben que
la hermosura es descanso,
que el habla toma el sentido de la boca
y los gestos se esculpen solos
en una negligencia inspirada.
Sus caritas,
que bien valen la expulsión de los embajadores griegos,
se alzan con orgullo sobre los cuellos
dignos de ser sitiados.

Los morenazos de las películas,
los hermanos de sus amigas,
el maestro de dibujo,
ay, todos morirán.

Las pequeñas chiquillas
desde la torre de la sonrisa
contemplan la catástrofe.

Las pequeñas chiquillas,
se encogen de hombros
en un embriagador rito de hipocresía.

Pequeñas chiquillas,
sobre un fondo de devastación
con una diadema de ciudad en llamas
con aretes de lamento universal en los oídos.

Pálidas y sin una lágrima.
Saciadas con el espectáculo. Triunfales.
Tristes sólo por el hecho
de que hay que regresar.

Pequeñas chiquillas,
que regresan.

WISLAWA SZYMBORSKA

Traducción de Abel Murcia

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